Es curioso que precisamente un seguidor de Clint Eastwood haga una reseña sobre una película de su ídolo que no esté llena de flores y gestos de admiración a quien ha sido el mejor director de cine de los últimos años. Sin embargo, no es extraño que una película como Invictus, que ha tenido muy buena crítica,  no sorprenda a un admirador como yo, acostumbrado a deleitarse con sus obras de arte.
La admiración por un director de cine no debe caer en la devoción ni en el amor enfermizo de los primeros meses de algunos noviazgos, debe tener el reposo y la tranquilidad del afecto que admira, pero reconoce errores y desaciertos. No quiero decir con esto que Invictus sea un error, ni siquiera que tenga algún error evidente. Sólo digo que como estamos acostumbrados a ver grandes obras cinematográficas, es posible que la exigencia para este gran director sea injustamente alta.
Para entrar en materia, debo decir que Invictus es una buena película, aunque no sea memorable. En esa misma categoría podríamos poner, entre las últimas del director, a Conquista del honor y El sustituto. Se trata de películas de buena calidad, gran factura técnica, una narración que atrapa sin emocionar demasiado y un mensaje final gratificante. Al comparar estas películas con obras maestras como El Gran Torino o Río Místico, su calidad palidece. Estas excepciones son las que hacen más grande a un director, mostrando que su genialidad tiene límites.
Invictus se parece a muchas otras películas. De hecho, hasta cierto punto podría encajar en la receta de “proeza deportiva” que mi amigo Enrique Uribe y yo acabamos de publicar en el libro Cine: recetas y símbolos. Es la historia de un equipo sin esperanza que la obtiene gracias a la confianza depositada en ellos por el líder que ha sido a su vez motivada por un líder superior con sobrada autoridad moral. Sin ser brillante, el guión parte de una historia real que sí lo es.
La película tiene ciertamente momentos memorables como la escena de Matt Damon en la celda de Mandela, el discurso de Mandela para defender el equipo de rugby de su país y el discurso de Damon al final del último partido que su equipo pierde, pero el conjunto de la historia es ciertamente predecible y el ritmo narrativo es irregular, con momentos de auténtica tensión seguidos por secuencias lentas y aburridoras.
La actuación de los protagonistas es buena y en la construcción del guión pueden verse también algunos guiños a nosotros, los "Eastwoodlogos", en la caracterización del personaje sin familia, la atmósfera verdosa nostálgica y, por supuesto, la presencia del inefable Morgan Freeman (esta vez sin su compañero Clint, que en adelante sólo estará tras la cámara). Lo que sí molesta un poco es el toque nacionalista panfletario que, en clave de Hollywood, sigue manteniendo la tesis de que el corazón todo lo puede y un grupo de personas siempre alcanzará sus sueños sólo con voluntad y determinación. A pesar de estar basada en un hecho real, la ficción tiene sus propias reglas y no puede basar sus argumentos en el simple hecho de que “esto ocurrió así”.
Clint Eastwood es el último clásico del cine, como afirmé en un artículo reciente. Debemos aprovechar su ánimo incansable en esta carrera frenética que a sus ochenta años ha emprendido contra el tiempo, para disfrutar con calma, como quien degusta un buen vino, cada una de sus obras. No todas serán obras maestras, pero cada una de ellas lleva el sello de un maestro.