Después de salir de la proyección de la película colombiana "Dios los junta y ellos se separan" quise realizar un nuevo comentario crítico sobre el cine colombiano que comparto con ustedes, espero sus aportes:

EL CINE COLOMBIANO QUE QUEREMOS
Un vistazo rápido al 2006 cinematográfico en Colombia

Por: Jerónimo León Rivera Betancur

Nunca en la historia reciente de nuestro país se hablaba con tanta vehemencia y propiedad del cine nacional. Nunca había sido tan “IN” ver películas colombianas y, ciertamente, nunca el público se había volcado con tanto entusiasmo a las salas para ver a nuestros actores en películas creadas por nuestros guionistas y directores y hablando sobre temas que, en teoría, son los que nos interesan. Este panorama que se presenta a nuestros ojos como altamente positivo tiene, de todas formas, una importante pregunta de fondo: ¿Están interpretando nuestros cineastas el sentir del público nacional y, en consecuencia, están realizando películas que afiancen nuestras identidades como nación?
El cine colombiano está de moda y eso, en primera instancia, está muy bien. Es indudable que la Ley del Cine dio un impulso notable a esta industria y esto ha posibilitado el estreno y despegue del incipiente cine nacional que empieza a gustar a los espectadores que han ido dejando de lado el prejuicio y hasta asco con el que anteriormente lo miraban.
El 2006 fue, ciertamente, un año positivo para la cinematografía nacional en términos de cantidad de espectadores. Varias de las películas estrenadas estuvieron entre las preferidas del público y acapararon los comentarios de espectadores y críticos. Es de resaltar, de igual manera, que hay una interesante experimentación visual y sonora y podríamos decir que se empiezan a explorar las posibilidades del cine de género y de un incipiente cine de autor. Sin embargo, un panorama más amplio de las películas estrenadas el año pasado nos deja una sensación agridulce en términos de la calidad de las cintas que fueron estrenadas con bombos y platillos y con un presupuesto muy superior al de sus predecesoras.
Si partimos de la base de que el cine es un reflejo de la identidad de los pueblos, tendríamos que conformarnos (como lo afirma Pedro Adrián Zuluaga en un artículo reciente que publicó en El Colombiano) con una mirada a Colombia desde Bogotá, con su mirada parcializada frente al país (incluso rural). De igual manera, podríamos decir que el cine nacional ha tomado tantas veces prestado el lenguaje de la televisión y, en el mejor de los casos, de la publicidad; que muchas veces nos sentamos frente a la gran pantalla como si estuviéramos viendo la telenovela o la comedia de las ocho de la noche.
El 2006 nos dejó una buena cantidad de títulos de diferente calidad entre los que se encuentran: Soñar no cuesta nada, Al final del espectro, Cuando rompen las olas,“Las cartas del gordo, Karma, Dios los junta y ellos se separan y El Colombian Dream, entre otras.
Como punto común en estas películas, es importante resaltar que por fin después de muchos años de subdesarrollo técnico hemos llegado a un nivel mínimo importante en el que las películas se pueden ver y escuchar. Este alcance ha sido fundamental para dejar, desde el punto de vista técnico, el deshonroso lugar que tenía la cinematografía nacional en el ámbito iberoamericano. Las dificultades de nuestro cine impidieron en el pasado que títulos tan importantes y prometedores como Rodrigo D de Víctor Gaviria, La Mujer del Piso Alto de Ricardo Coral y Técnicas de Duelo de Sergio Cabrera, entre otros, tuvieran que conformarse con una escasa figuración ante los problemas técnicos que impedían su distribución y exhibición.
El 2006 posibilitó a las películas que fueron estrenadas una amplia difusión en los medios de comunicación nacionales, un mayor presupuesto para la comercialización y promoción y, aspecto fundamental, un respaldo definitivo de los espectadores que en su mayoría vieron con buenos ojos este “boom”.
Los productores pensaron en industria y éste es un importante avance, pero esta visión dejó de lado la realización de películas más personales y profundas sobre nuestra problemática nacional, sacrificada en aras de lo que “el público quiere ver”.

¿QUE QUIERE EL PÚBLICO?
De esta manera volvemos a la pregunta inicial: ¿Qué es lo que el público quiere ver? Los primeros en responder a esta inquietud fueron los jurados de los estímulos otorgados por el Ministerio de Cultura para la realización de largometrajes (tal vez la única posibilidad que tienen los cineastas de realizar cine en nuestro país) , quienes partieron en primera instancia de lo que se supone que el público no quiere ver: violencia.
En esta medida, el conflicto nacional (marcado en buena parte por la violencia) estuvo muy ausente del cine colombiano en el 2006 y sólo se evidenció en algunas películas en donde fue presentado en forma pirotécnica y poco realista, de esta manera se privilegia el cine evasivo sobre el reflexivo.
Podríamos decir que la excepción a la regla se presentó, aunque de forma ligera, con la película Soñar no cuesta nada que aprovechó, de manera oportunista (aunque válida) la noticia de la guaca de la guerrilla encontrada por unos soldados para ser una de las películas más vistas en el año. Quiero resaltar, de todas formas, que esta película cumple a cabalidad con lo que se propone: divertir al espectador y tomar una posición frente al tema sin acudir al recurso del chiste fácil. Es una historia bien contada.
Se supone entonces que el público colombiano quiere ver en la pantalla algunos rasgos de nuestra forma de ser y es allí donde aparecen películas como El Colombian Dream, interesante desde el punto de vista estético, pero en donde son más protagonistas el efecto, los colores, la cámara y el apunte chistoso que la misma historia, que pasa a un segundo plano o la película Dios los junta y ellos se separan que sacrifica completamente la acción por la conversación (en este caso telefónica) haciendo gala de un recurso eminentemente televisivo y, desde el punto de vista de la construcción de guiones, prescindible.
Caso aparte merecen las películas de Dago García, que se ha propuesto estrenar cada 25 de diciembre sus películas dirigidas al “gran público colombiano” (nivelado por lo bajo) con fórmulas fáciles tomadas de las telenovelas y comedias de nuestra televisión, recordándonos a Gustavo Nieto Roa el único cineasta que antes de él se ganó la vida con el cine haciendo películas como El Taxista Millonario y La Virgen y el Fotógrafo. El asunto no es de talento, pues Dago ha demostrado que lo posee en cantidades (basta ver grandes producciones televisivas suyas como La Saga para comprobarlo), sino de la manera como se ve al público nacional.
Se supone entonces que el público colombiano quiere ver en la pantalla películas que se parezcan a las que se realizan en Hollywood. Entonces nuestros directores le apuntan a sus fórmulas y realizan historias con movimientos de cámara y filtros de colores como El Colombian Dream, explosiones y pirotecnia visual como Karma o sustos marcados por el sonido como Al Final del Espectro que ya ha sido comprada por los gringos, pues reconocen que se parece a las películas de terror que ellos hacen, que tampoco se distinguen precisamente por su calidad.
Celebro enormemente las posibilidades que ahora tienen nuestros cineastas de hacer sus películas (algún día no muy lejano haré la mía), pero quiero recordar (así sea un aguafiestas) que el cine tiene una finalidad social y no se trata de que menospreciemos al público con chistes flojos y diálogos del tipo de “No sea marica, bobo hijueputa” que le hacen gracia a muchos porque que no pueden verlos en televisión.
El cine colombiano está en un buen momento desde el punto de vista industrial y es la hora de reconocer a algunos buenos directores que en el pasado hicieron cine con las uñas, aun a costa de su bienestar económico, que contaron nuestras historias de manera brillante, aun sabiendo que sus películas serían vistas por una infinita minoría. Es tiempo de que los nuevos cineastas miren también hacia atrás y aprovechen las nuevas posibilidades sin olvidar que son antes que nada los narradores de nuestra propia historia.

Sobre el mismo tema, puedes revisar el texto "¿el auge del cine colombiano?" que está en este mismo blog.