El Primer Libro que leí
El primer libro que leí en mi vida fue "El Principito" de Antoine de Saint Exupery. Hace pocos días me invitaron a hacer parte de un hermoso proyecto en el que algunas personas de Medellín releemos libros importantes para nuestras vidas y hacemos comentarios para editar un libro. Comparto con ustedes mi texto sobre este gran libro que acompañó mi niñez.
EL NIÑO AQUEL…
Por Jerónimo León Rivera Betancur, quien fue niño y leyó El Principito
Voy caminando por la calle, en medio de la sequía habitual de la rutina y con el afán de llegar cuanto antes a los destinos que previamente he marcado en mi ruta. Al doblar una esquina desconocida, me encuentro de nuevo con aquel niño simpático e inquieto, de resonantes carcajadas y rubios cabellos. Está sentado en el piso mientras observa con mucho cuidado cómo una hilera de hormigas transporta pedazos de hojas hasta un pequeño agujero.
No entiendo por qué ha llegado en este preciso momento, pues ahora acostumbro compartir con mayor frecuencia con otras personas mayores y su presencia me intimida un poco; cualquier adulto podría sentir, con cierta soberbia, que ya ha superado la etapa de ser su amigo.
El muchachito está concentrado en su tarea. A pesar de tantos años (que sólo han pasado para mí), él sigue allí tal como lo recordaba, con su mirada inquisidora y su sonrisa enigmática. El ruido de mis pisadas le hace voltear la cabeza y me mira con curiosidad, esbozando una sonrisa, cómo si llevara mucho tiempo esperando este reencuentro.
Su sonrisa me transporta más de veinte años atrás al tiempo en el que lo conocí. Es 1981, tengo seis años y somos muy amigos, él es un poco mayor que yo y esto hace que todo lo que diga me parezca importante y trascendental. Con paciencia, El Principito comprende mi lentitud para leerlo y conversamos largas horas sentados al lado de aquella ventana gigantesca por la que el sol entra tímidamente en la Biblioteca de la Universidad de Antioquia.
Una tarde soleada, la lectura, una de mis mejores amigas, me lo presenta y por primera vez puedo verlo, mirándome desde el estante con sus grandes ojos y sus rizos dorados. Desde el primer momento me animo a conocerlo, a ser su amigo y le pido que me acompañe en esas largas dos horas de espera mientras mi mamá estudiante sale de sus compromisos académicos.
Con toda su paciencia, me habla de sus viajes por los mundos, de su amistad con el piloto y de cómo una rosa le ha roto el corazón. Entre juegos de niños y complicidad de amiguitos, El Principito me revela el secreto del zorro y me enseña que los ojos no son más que un artefacto insuficiente para acercarse a la vida, pues sólo se ve bien con el corazón.
Tardes interminables con mi compañero de juegos terminan con la noticia de su viaje de regreso al asteroide que coincide con la última página del primer libro de mi vida. Con la sensación agridulce de dejar un amigo y lanzarme a conocer nuevos mundos y personajes, me entrego poco a poco a la lectura, un vicio que desde entonces ha ocupado buena parte de mis días.
Ser una persona mayor me ha hecho olvidar poco a poco al Principito, pero allí sigue mirándome, cómo si llevara mucho tiempo esperando este reencuentro. Me acerco un poco a él y con un poco de temor le pregunto si aun podemos ser amigos. Él sólo se burla de mí: se ríe de mi forma complicada de ver las cosas, goza con mis poses de adulto responsable y confiesa que no entiende cómo he sacrificado parte de la imaginación y de la magia en aras de asuntos más “razonables”.
Con mucha vergüenza, me siento al lado de mi pequeño amigo y él empieza a buscar en mí a aquel niño de cabello rubio y overol que alguna vez jugó con él.
La magia regresa y de nuevo somos dos amiguitos de similar edad que juegan y ríen sin preocupaciones. Un tercer niño llega a la escena, su rostro curioso y siempre alegre no comprende la razón por la que su padre está tan concentrado en un juego de niños.
En medio de juegos y risas descubro a través de los ojos de mi hijo (que son la ventana a su corazón) que a pesar de que nuestro cuerpo cambie siempre hay un lugar para el niño que fuimos y que la mejor manera de encontrarlo es ver con el corazón, porque lo esencial es invisible a los ojos.
irene dijo
Quizás no es el primer libro que leí, pero lo que es seguro es que fue el primero que me emocionó.
15 Diciembre 2006 | 10:17 PM